Cuando Europa dejó de llevar a sus bebés… y cómo volvimos a conectar con el porteo

Un retacito de nuestra historia… ¿Eres friky del porteo? Pues vamos a ello.

Durante miles y miles de años, llevar a nuestros/as bebés pegados al cuerpo fue lo normal, lo natural, lo indiscutible. NO HABÍA DUDAS; las bebes y los bebés necesitan contacto. PUNTO. En todas las culturas del mundo encontramos portabebés a lo largo y ancho de nuestra historia como humanoides. En África, Asia, América Latina… y también en Europa. De hecho, en muchas regiones europeas medievales las madres trabajaban en el campo, en talleres o en casa mientras cargaban a sus bebés con pañuelos o telas largas.

Hoy lo llamamos porteo ergonómico y consciente.
Pero en realidad es una práctica ancestral, el porteo natural.

Y, sin embargo, en Europa casi, casi desapareció (por suerte volvió, tranquila).

¿Qué carajo pasó????

Te lo cuento fácil y rápido, a partir del siglo XIX, con la industrialización y el nacimiento de la sociedad de consumo, empezó un cambio profundo en la forma de criar. Uno de los grandes símbolos de esta transformación fue el cochecito de bebé. Los primeros modelos aparecieron en la Europa victoriana y rápidamente se convirtieron en un signo de estatus social. Tener un cochecito significaba progreso, modernidad, que no eras pobre, ni trabajabas en el campo… y ahí empezó el show con distancia física entre madre y bebé.

Paralelamente ocurrieron varios cambios culturales importantes claro, siempre hay un cúmulo de variables sociales, políticas, económicas en todos lo cambios…

1. El porteo empezó a asociarse con pobreza
En muchas zonas de Europa, llevar al bebé en brazos, telas o cestos quedó ligado a las clases trabajadoras, mientras que las familias acomodadas utilizaban cochecitos (también niñeras, amas de cría para la lactancia).

2. Cambió la ideología sobre la crianza
Durante gran parte del siglo XX se difundió la idea de que los bebés debían aprender independencia cuanto antes. Se aconsejaba no cogerlos demasiado para “no malacostumbrarlos”, dar biberones, métodos de adoctrinamiento hoy catalogados como maltrato infantil!!!

3. La maternidad se medicalizó mucho más
El parto pasó del hogar rodeada por mujeres, la matrona y tu espacio, tus cosas, tu olor, tu gente… al hospital y la crianza empezó a estar guiada por normas rígidas y controladas como horarios, cunas en otras habitaciones, menos contacto físico.

El resultado fue clarísimo, en el mundo occidental el porteo prácticamente desapareció, casi se extinguió, excepto en zonas rurales o comunidades aisladas por el frío como los nenets.

Mientras tanto, en gran parte del planeta seguía siendo la forma habitual de cuidar a un bebé, P O R T E A N D O.

En los años 60 y 70, esa época hippie de paz, amor, comunas, libertad, naturaleza, amor libre… empezó algo curioso.

Viajeros, antropólogos y profesionales sanitarias comenzaron a observar cómo en muchas culturas los bebés pasaban gran parte del día pegados al cuerpo de sus madres mientras recolectaban, molían semillas, araban el campo o ordeñaban cabras. Y esos peques parecían tranquilos/as, regulados en sus horarios de teta/sueño de forma natural y profundamente vinculados a sus madres y comunidad.

Este contacto constante empezó a despertar preguntas en el occidente científico.

Al mismo tiempo surgían nuevos movimientos de crianza más respetuosa con las necesidades del bebé.

Uno de los momentos clave ocurrió cuando Ann Moore, una enfermera estadounidense que había trabajado en África, creó en 1969 el portabebé Snugli, inspirado en los sistemas tradicionales que había visto en la comunidad Togo.

Casi al mismo tiempo, en Alemania, Erika Hoffmann empezó a utilizar un portabebé tejido inspirado en las telas tradicionales como el aguayo en Latinoamérica para poder cuidar a sus hijos gemelos mientras trabajaba en casa. Aquello acabaría dando origen a la marca Didymos, fundada en 1972 (benditas madres emprendedoras, juer, revolucionamos el panorama tías).

Así comenzó la reconstrucción del porteo moderno y actual en Europa, lo que hoy llamamos porteo ergonómico.

Desde los años 70 y 80 del siglo XX, la investigación sobre el desarrollo infantil, psicología y cuidados del mejor, empezó a reforzar algo que muchas culturas nunca habían olvidado que El contacto cercano no “malcría” a los y las bebés.

AL CONTRARIOOOOO, eso lo gritamos fuerte todas las mujeres que nos dedicamos a la maternidad y crianza conscientes.

Por ejemplo, la teoría del apego de John Bowlby (sus libros están disponibles) y las investigaciones posteriores sobre regulación emocional, lactancia, sueño infantil, necesidades reales del cachorro humano y el desarrollo neurológico mostraron que el contacto físico constante ayuda a varias cosas cruciales para los babies:

  • Regular el estrés (cortisol) y el llanto

  • Favorecer el apego seguro, confiado y la formación de su autoestima

  • Mejorar la lactancia reduciendo ciertas problemáticas

  • Apoyar el desarrollo neurológico temprano del bebé y sus conexiones neuronales

Este cambio de paradigma coincidió con el auge de movimientos de crianza como el attachment parenting, que volvieron a poner el contacto y la cercanía en el centro de la relación con los y las bebés, no sólo recién nacidos, sino durante los primeros años de crianza (cercanía, no dejarles llorar, lactancia materna, colecho…)

Curiosamente, el “boom” del porteo en Europa no fue una invención moderna. Fue más bien un redescubrimiento del algo que habíamos perdido como sociedad industrial.

Un regreso a algo que durante siglos había formado parte natural de la crianza del cachorro humano.

Hoy sabemos que llevar a los bebés no es una moda.
Es biología, cultura e historia entrelazadas.

Y quizá por eso, cuando una madre o un padre coloca a su bebé en un portabebés por primera vez, muchas veces ocurre algo muy simple, mágico, necesario, la sensación de que todo encaja.

Gracias por leerme, gracias por apostar por el porteo como herramienta promotora de salud y bienestar.

Os abrazo.

Gemma Guillamón.-